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2019-04-11 Homilía de la Misa Crismal

Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. (Lc. 4, 20). Misa Crismal presidida por Mons. Jorge García Cuerva junto al clero religioso y diocesano de Santa Cruz y Tierra del Fuego. Celebrada en el Santuario San Cayetano de Río Gallegos.


Jesús era un hombre conocido en su pueblo; nos remarca el Evangelio que como de costumbre va a la sinagoga; no parece haber nada especial en esta escena. Sin embargo, al terminar de leer la lectura del pasaje del profeta Isaías, el Señor se sienta y en ese momento, todos ponen sus ojos en él… Lo miran, no pueden quitar sus ojos de Jesús; diversas miradas, todas expresan algo más profundo.


Hoy hacemos memoria del día de la institución del sacerdocio y de nuestra propia ordenación sacerdotal. Y también sobre nosotros sacerdotes, se fija la mirada de nuestro pueblo; la mirada de nuestra gente, miradas que dicen más que mil palabras…


Miradas esperanzadas, porque la vida golpea duro, porque hay muchas promesas incumplidas, porque en el sacerdote, nuestra gente viene a buscar la palabra de aliento para seguir adelante.

Miradas prejuiciosas, preguntándose cómo puede ser que este hombre conocido y común como cualquiera, pueda ser elegido por el Señor para seguirlo más de cerca en el ministerio sacerdotal.

Miradas duras, crueles, hirientes, que lastiman, que expresan corazones endurecidos por la desilusión, por el dolor, por las heridas provocadas, incluso por miembros de la Iglesia.

Miradas amigas, que animan, que acompañan, que fortalecen, que ayudan en el camino ministerial no exento de dificultades.


Sacerdotes de Cristo, no escapemos a estas miradas, no demos vuelta la cara, comuniquemos la alegría del Evangelio; que nuestra mirada sea espejo del alma.


Que nuestra mirada sea fiel reflejo de la misericordia de Jesús, que sigue eligiendo a los pecadores, a los descartables de nuestra sociedad.

Que nuestros ojos estén empapados por las lágrimas de sentir en nuestros corazones el dolor y la tristeza de tantos hermanos golpeados por la injusticia, por la enfermedad, por la muerte.

Que nuestras pupilas se ensanchen en la noche, para descubrir a quienes viven en la oscuridad del pecado, en las tinieblas de la tristeza y la desesperanza.

Que nuestra vista sea límpida, transparente, sin prejuicios, que vea a la distancia, y así, sepa de los alejados, de los que no están.


Que nuestra mirada sea despierta, vivaz, que exprese que llevamos un tesoro que nos desborda y que es para compartir: la Buena Noticia que hoy Jesús lee en la sinagoga y encarna con su propia vida. Es el texto del profeta Isaías; un texto hermoso y contundente; a nosotros también el Espíritu del Señor nos ha consagrado por la unción, nos ha ungido con el óleo de la alegría; una alegría que brota desde dentro, una alegría sostenida en el triunfo de la Vida sobre la muerte.


Una alegría fervorosa, que se irradia; el mejor antídoto contra el desaliento, la mala onda, la protesta constante que nos hace quejosos apesadumbrados. Es verdad que muchas veces nos cansamos; bajamos los brazos, pero esto sólo puede ser momentáneamente. No podemos permitir que la acedia nos seque el alma; debemos recordar una vez más, y traer a la memoria del corazón, las palabras del documento de Aparecida, que nos recuerda que conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.


Una alegría popular, que se comparte; que se gesta en el encuentro con el Pueblo de Dios, que se nutre en los diálogos, en las eucaristías comunitarias, en las diversas celebraciones, en el compartir con las familias, con los vecinos; por eso nos dice el Papa Francisco: Para ser evangelizadores de alma hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo.


Una alegría inquieta y buscadora; que no se acomoda en un rincón del alma hasta dormirse, sino que sale a buscar a los tristes, a los pobres, a los cautivos de las adicciones; a los presos del orgullo, de la soberbia, y del egoísmo; a los oprimidos por la injusticia, por la falta de trabajo, por la esclavitud de la trata y la prostitución; a los ciegos por el odio y el resentimiento.


Y llamados a proclamar un año de gracia del Señor; esto refiere al libro del Levítico; cada cincuenta años los hebreos oían el son de la trompeta que se los convocaba para celebrar un año santo, como tiempo de reconciliación para todos. En ese tiempo se debía recuperar una buena relación con Dios, con el prójimo y con lo creado, basada en la gratuidad. Por ello se promovía, entre otras cosas, la condonación de las deudas, una ayuda particular para quien se empobreció, la mejora de las relaciones entre las personas y la liberación de los esclavos.


¡Seamos entonces anunciadores de esta Buena Noticia! El Señor está entre nosotros; camina con nosotros; Él está vivo, no huyamos de su Resurrección, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase.


Sigamos soñando a lo grande, sigamos creyendo que el Reino de Dios es posible; que no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda. Recordemos, como nos dice la primera lectura de hoy, que somos sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios, que más allá de las dificultades y cansancios, renovamos hoy la promesa de redescubrir la alegría de Cristo en nuestras vidas, y de salir a contagiarla con mucha garra, como aquel hermoso día, en que recién ordenados, y con emoción, levantamos por primera vez nuestras manos para consagrar el pan y el vino, y para bendecir a nuestra gente.









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