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2021-03-14 | Homilía del 4º Domingo de Cuaresma

Lecturas de la Misa

2 Crónicas 36, 14-17. 19-23

Salmo 136

Efesios 2, 4-10

Juan 3, 14-21


HOMILÍA


El domingo pasado, tercer domingo de cuaresma, Jesús se definía en el Evangelio como el Templo de Dios. Cuando hablaba del Templo hablaba de su propio cuerpo y por eso decía "si destruyen este templo en tres días lo volveré a reconstruir". Se refería al templo de su cuerpo. Y entonces, nosotros también somos templos del Espíritu Santo, nosotros también somos santuarios. Somos templos de Dios.


La primera lectura de hoy es del 2º Libro de las Crónicas, un libro bastante desconocido del Antiguo Testamento. Pero allí, en el Libro de las Crónicas que leímos hoy, dice: "todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo, contaminaron el Templo". "Todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo contaminaron el Templo". Y entonces, si el templo es nuestro propio cuerpo, si cada uno de nosotros es templo de Dios. la pregunta que quisiera compartir con ustedes es: en tiempos de pandemia ¿con qué nos hemos contaminado?


¿Con qué nos contaminamos en tiempos de pandemia? creo que una de las primeras cosas que nos contaminó fue el miedo. El miedo que nos contaminó el corazón, que nos contaminó la mente y entonces, hubo mucho desconcierto, mucha parálisis, no saber qué hacer. Un miedo que se transformaba, por momentos, en pánico. Creo que también nos hemos contaminado de pesimismo, de mala onda y por eso también, para algunos, es tan difícil encontrar un horizonte de esperanza en la situación que estamos viviendo.


Creo que nos hemos contaminado de desinformación o de noticias falsas, lo que a veces en los medios periodísticos dicen: "hemos comprado pescado podrido". Entonces hemos puesto en duda la bondad de las vacunas, hemos comprado noticias que nos generaban pánico, terror. Y muchas de ellas, noticias falsas. Donde hubo acusaciones encontradas en esta famosa grieta de la que hablamos. Donde hubo poco de esperanza, poco de ciencia, poco de aquellos que saben de verdad. Porque hemos consumido mucho de todo, porque cambió nuestro ritmo de vida y por lo tanto, a veces, estamos más delante del televisor, hemos estado más delante de las redes. Entonces también nos hemos contaminado de "pescado podrido", de noticias falsas que lo único que hicieron, fue envenenarnos el corazón.


Creo que podríamos decir que ha habido una contaminación afectiva también. Una contaminación afectiva porque también se vieron empañados nuestros vínculos, el aprender a vivir en casa con gente que quizás uno, antes, compartía menos horas. Las tensiones propias de la pandemia que hicieron que también tuviésemos vínculos más tensos con compañeros de trabajo. Ni hablar a veces de los docentes que están en Zoom con nuestros hijos. Ha habido unas tensiones lógicas que estaban ligadas a los vínculos y por supuesto también, como dije, una contaminación mental, ligada la desinformación, ligada a los miedos.


El Papa Francisco dice que también hay una contaminación social. Francisco dice "la degradación social". Y entonces une, el Papa, lo que es la contaminación del ambiente, cuando decimos que hay mucho smog, cuando decimos la contaminación de los ríos, la contaminación de los lagos, y dice (el Papa) junto con esa contaminación ambiental también hay una contaminación ligada al ambiente humano. La contaminación de nuestra mente, la contaminación del corazón, la contaminación de nuestra sociedad. Creo que estamos llamados, con estas lecturas, a sanear, a purificar, a limpiar nuestra mente, nuestro corazón, nuestro templo de Dios, de tanta contaminación.


Cada uno tendrá que ver "qué es lo que más me contaminó en este tiempo". Pero si mi cuerpo, mi vida, mi mente, mi corazón, es templo de Dios, necesito sanearlo, necesito purificarlo, necesito limpiarlo. Y para eso habrá que buscar, yo digo, el mejor descontaminante. Habrá que buscar el mejor purificante. Podríamos decir, así como buscamos la mejor vacuna contra el Covid, buscar lo mejor que pueda ayudarnos a purificar, a sanear, la contaminación del corazón y de la mente. Creo que la respuesta nos la da el Evangelio.


En el Evangelio, comienza Jesús diciendo: "de la misma manera que Moisés levanto en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado en alto, para que todos los que crean en el tengan vida eterna".


Esta escena del Evangelio remite a una escena del Libro de los Números, en el capítulo 21, del Antiguo Testamento. Allí se dice que la gente, el pueblo de Dios, qué iba en el desierto, comenzó a hablar muy mal de Moisés, comenzaron a criticar a Moisés y comenzaron a hablar mal de Dios. Miren si estarían contaminados. Contaminados de chisme. Esto que a veces el Papa Francisco dice "el terrorismo de la lengua". Y entonces dice que Dios envió, enojado, unas serpientes abrasadoras, que los iban picando y que iban muriendo. El pueblo le pidió perdón a Dios y entonces Dios, en su infinita misericordia, le dijo a Moisés: "hacé una serpiente de bronce, ponela bien en alto y la gente, cuando la mire, se curará". Eso hizo Moisés y así la gente tuvo vida.


Yo creo que hoy, todos nosotros, tenemos que mirarlo a Jesús en la cruz. Mirarlo a Jesús que, sólo por amor uno puede encontrar alguna razón, ha entregado la vida por cada uno de nosotros. Por un Jesús que tanto nos ama, como también nos dice el Evangelio, que conoce todos nuestros contaminantes, conoce todo nuestro corazón, conoce toda nuestra vida y a pesar de eso o junto con eso, o por eso, vuelve entregarse en la cruz, vuelve a entregarse porque nos ama. Como dice también hoy el Evangelio. Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su hijo único para que en el tengamos vida eterna.


Cristo, también nos dice el Evangelio, que es el mejor descontaminante, el mejor remedio que viene a purificar nuestra mente y nuestro corazón también nuestros vínculos sociales, (también) es definido en el Evangelio como la luz. Vieron que cuando estamos en la oscuridad nos llevamos cosas por delante. Cuando estamos en la oscuridad, a veces, todo es muy confuso. Es difícil distinguir por dónde salir. Creo que a veces estamos contaminados de oscuridad. Contaminados de oscuridad es contaminados de pesimismo. Creyendo que no tenemos salida en este tiempo de pandemia, creyendo que de esta es difícil que podamos salir bien.


En el mundo antiguo había como un culto al sol. Si alguna vez estudiaron alguna de las civilizaciones antiguas había un especial culto al sol, el dios Sol. Pero yo creo que también los seres humanos se fueron dando cuenta que el sol con sus rayos podía iluminar la realidad pero no podía iluminar el corazón, no podía iluminar lo más profundo del ser humano. Por eso hay un santo, Clemente de Alejandría, que dice que en realidad es Cristo el verdadero sol. Es Cristo la verdadera luz, que con sus rayos, ilumina nuestra vida, que con su luz viene a purificar, viene a sanear la contaminación del alma, la contaminación de la mente, la contaminación del corazón.


Quisiera pedir entonces con ustedes, que podamos, por un lado, reconocer qué fue lo que nos contaminó en este tiempo de pandemia, en los vínculos sociales, en la mente, en el corazón. Y que podamos a Cristo, luz del mundo que nos ama con locura, que vuelve a entregar la vida por nosotros, pedirle que con sus rayos llegue a lo más profundo de cada uno de nosotros, que nos limpie, nos ayude a sanearnos, nos ayude a purificarnos.


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LECTURA RECOMENDADA PARA LA SEMANA

  • Francisco. Encíclica “Lumen Fidei”

  • Francisco. Encíclica “Laudato Si´”


 
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