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2021-04-04 | Homilía del Domingo de Pascua de Resurrección

LECTURAS DE LA MISA

Hechos 10, 34-43

Salmo 117

1 Corintios 5, 6-8

Secuencia de Pascua

Evangelio según san Juan 20, 1-9


HOMILÍA

El Papa Francisco ha insistido con la idea de que el covid y la pandemia han sido para todos un parate en la vida. Ha sido un parate en nuestra vida, ha sido un enorme sacudón del que todavía no nos hemos recuperado. De alguna manera, la muerte de Jesús en la cruz fue un parate para estas mujeres. Francisco dice que de la pandemia, no vamos a salir iguales de estos parates, de estas crisis profundas de la vida, uno no sale igual. Si lo aprovecha como una oportunidad, es camino del crecimiento. Y sino incluso podemos salir peores. Lógicamente si salimos peores es porque hay resistencia, porque tenemos resistencia al cambio, porque corremos el riesgo de atrincherarnos. De atrincherarnos y no aprovechar esta enorme crisis o este parate, como oportunidad. Y entonces quizá la vida nos pase por encima pero nosotros seguimos atrincherados nosotros seguimos encerrados con el convencimiento de que por más pandemia que haya, por más parates que haya en la vida, nosotros seguiremos iguales.


Por eso quisiera dejarme iluminar por el Evangelio de hoy para darnos cuenta que si efectivamente estas mujeres de hoy también vivieron un gran parate en sus vidas, una gran crisis: el maestro, el amigo, había muerto crucificado, ver si ellas aprovecharon esa gran oportunidad de la crisis para salir adelante o si se atrincheraron y se resistieron al cambio.


En realidad el Evangelio de Marcos nos dice algunas cosas que pareciera que a estas mujeres les costó el cambio, como nos cuesta nosotros. Por eso quiero hoy insistir con esta idea. La primera: dice que salen para ir al cementerio pero que compran perfumes para ungir el cuerpo del Señor, es decir, van a hacer lo mismo que hacen siempre. Van a repetir la costumbre que hay de siempre ungir los cuerpos. Van a practicar una vez más, eso que era tan habitual en aquella época que era ungir el cuerpo de los difuntos. Era un modo de tapar el mal olor. Nosotros también repetimos conductas y a veces nos acostumbramos tanto que tapamos algunas cosas de las que no queremos hablar. Tapamos algunas cosas que no queremos escuchar. Tapamos algunos temas de los que tenemos casi prohibído hablar. Y entonces, por costumbre, ya nos decimos “en casa no se habla de religión o de política”, por costumbre a veces ponemos la música muy pero muy fuerte vaya a ser que se de algún diálogo en el que alguien abra el corazón y cuente algo que no queremos escuchar.


Cuántas cosas a veces hacemos por costumbre, y a veces la costumbre es la mejor coraza para que nada cambie. Hoy las mujeres por costumbre, compran los perfumes porque quieren llevar adelante la práctica funeraria de siempre­: ungir el cuerpo del muerto.


Lo segundo que aparece hoy de las mujeres en el Evangelio: se preocupan antes de tiempo. No llegaron al cementerio y ellas ya se están preguntando “¿quién nos podrá correr la piedra del sepulcro?” (que hace de puerta del sepulcro) porque dice: “era una piedra muy pesada”. ¿Quién podrá correr esa piedra? se preocupan antes de tiempo. Ya no solamente tienen el dolor de lo que deba haber significado para ellas la muerte de Jesús, sino que encima se llenan de preocupaciones de temas que todavía no saben si existen.


Cuántas veces Nosotros también, en momentos de dolor, en momentos de sufrimiento, no solamente cargamos la mochila del dolor por lo que nos está pasando, sino que nos anticipamos a posibles problemas. Y cuando digo “posibles problemas” hablo de problemas que no llegaron y quizás no lleguen nunca.


Y en tercer lugar, aparece hoy este personaje misterioso, este hombre vestido de blanco que les dice, justamente, a las mujeres que no teman y que vayan a decir a Pedro y a los demás discípulos, que Jesús se les va a adelantar en Galilea.


Como dije al comienzo, a están mujeres al igual que a nosotros, les cuestan los cambios. Porque este hombre blanco les dice que no teman y al final del Evangelio dice que tienen miedo. El Evangelio les dice, en la voz de este hombre, que vayan y anuncien en Galilea que se van a encontrar con Jesús y dice el Evangelio, que no dijeron nada a nadie. Evidentemente les costaba mucho el cambio. Evidentemente era un paso muy grande el que tenían que dar de la muerte a la vida. De ese Señor Resucitado al que tenían que volver a renovar su fe y decir “sí creo que es verdad que está vivo”. Parecía que les quedaba todavía muy lejos. Les costaba el cambio. Les costaba y se notó en cada una de las cosas que vimos hoy. Primero cuando siguieron adelante con sus costumbres funerarias. En segundo lugar, cuando se preocupaban antes de tiempo. (y) Ya se preocupaban por la piedra cuando en realidad ni habían llegado al cementerio. Y en tercer lugar, cuando reciben dos consejos de este hombre de blanco: “no tengan miedo” y ellas tienen miedo. Cuando les dice: “vayan y se encontrarán con Jesús en Galilea. Díganle a Pedro y a los discípulos” y ellas, dice (el Evangelio), que salen y no hablan con nadie.


A nosotros también los cambios no cuestan mucho. Y también creo que hoy hay mucho atrincheramiento en la humanidad. También hoy, hay muchos que tienen todavía, la fantasía de vivir como antes de la pandemia. El mundo, estamos convencidos de que necesita cambios profundos, en su economía, en la distribución de la riqueza, en el modo de vincularnos para vivir definitivamente la fraternidad, en generar auténticas fuentes de trabajo, en generar una educación de calidad para todos. Miren cuántos cambios necesita nuestra humanidad. Pero para esto tenemos que tener una dirigencia política, empresarial, religiosa, que no se atrinchere, que no se resista a este cambio que es tan importante dar. Que podamos reconocer a la luz de la Pascua y del Evangelio de hoy, que todo cambio cuesta, porque les costó a esas mujeres y nos cuesta nosotros, pero hay que animarse a darlo.


Por eso la segunda lectura de hoy, del libro de los Corintios nos alerta y nos dice que tenemos que ser nueva masa y que tenemos que despojarnos de la vieja levadura que no fermenta el corazón, dejar de lado la vieja levadura. Dejar de lado la levadura del “no se puede”, dejar de lado la levadura de la desesperanza, dejar de lado la levadura de la tristeza, dejar de lado la levadura de atrincherarme, de resistirme al cambio, animarme a dar el paso. Dar el paso con estas mujeres.


A nosotros, igual que a ellas, nos cuesta pasar de la muerte a la vida, pero hay que tratar de hacerlo todos los días un poco. Me acuerdo (y lo dije, creo ya, el año pasado): un muchacho al que conocí en uno de los barrios donde trabajaba, que había tenido varios intentos de suicidio. En el último de ellos, se había pegado un tiro en la cabeza y sin embargo, cuando todo lo dábamos por muerto, empezó a recuperarse en terapia intensiva. Siempre, la preocupación de él era que no servía para nada. Entonces, a veces muy triste, me decía: “no sirvo ni para matarme, padre. Ni eso me sale bien”. En la última ocasión, cuando lo fui a ver a terapia, me miró y me sonrió y eso me llamó mucho la atención, porque el contexto era muy complicado de su salud y me dijo: “¿viste? no sirvo para matarme, pero me parece que sí aprendí a resucitarme, porque cada vez que me quiero matar, salgo vivo”.


Creo que en este pibe tenemos lo que significa el intento que tenemos que hacer todos los días de resucitar. El intento que tenemos que hacer todos los días de dar el paso a la vida, el intento que tenemos que hacer todos los días de cambiar. Y que esta pandemia no nos encierre, no nos atrinchere. Sino que así como el mundo demanda cambios, también nosotros lo hagamos desde lo profundo del corazón, con levadura nueva, con la levadura de la Pascua.


LECTURA RECOMENDADA

Al morir mi amigo… Poesía de Benjamín G. Buelta, sj


 
2021-04-04 Domingo de Pascua
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