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2021-07-25 | Homilía del 17º Domingo del Tiempo durante el año

Lecturas de la Misa

2º Reyes 4, 42-44

Salmo 144

Efesios 4, 1-6

Juan 6, 1-15


HOMILÍA

El evangelio que acabamos de proclamar en el capítulo 6 del evangelio de Juan es el mismo evangelio de nuestra celebración de los 500 años de la Primera Misa en territorio argentino.

Hace ya más de un año y algunos meses que compartimos aquella Misa con la que hacíamos memoria agradecida por 500 años de presencia de Cristo Eucaristía en nuestras tierras. Y por eso, quería una vez más compartir con ustedes la reflexión que habíamos leído justamente en ocasión de aquella misa, en la que prepare la homilía pensando que íbamos a poder celebrarla todos juntos y por razones de pandemia fue una Misa celebrada por los medios televisivos, los medios radiales, por las redes sociales, con presencia de todo el pueblo de Dios.


Si recuerdan, en aquellos flecos del mantel del altar, dónde estaban todas las intenciones del pueblo de Dios y con una presencia si quieren emocional, espiritual, una presencia psicológica también, porque nos sentíamos todos muy juntos, más allá de que estamos viviendo una cuarentena muy fuerte en ese tiempo por ese entonces. Compartiré (hoy) con ustedes parte o algunos fragmentos de aquella homilía del 1 de abril del 2020. (*)


Comienza el evangelio diciendo: Jesús al levantar los ojos. “Jesús vio a una gran multitud que acudía a Él y los ve necesitados, los ve hambrientos; parece que sólo con mirar Jesús descubre lo profundo de sus corazones; descubre lo que le pasa a toda esa gente que lo sigue. Jesús es un enamorado de la gente; un enamorado de su pueblo; quizás por eso, con sólo levantar los ojos ya sabe lo que les pasa.

En este tiempo de pandemia las necesidades de nuestro pueblo parecen multiplicarse, y entonces, puede surgir la tentación de mirar para otro lado; o de bajar la vista al piso. Benedicto XVI nos decía que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” [1] Que nuestra mirada sea reflejo de la misericordia de Jesús, que sigue eligiendo a los pecadores, a los descartables de nuestra sociedad.

Que nuestros ojos estén empapados por las lágrimas de sentir en nuestros corazones el dolor y la tristeza de tantos hermanos golpeados por la injusticia, por la enfermedad, por la muerte. Que nuestras pupilas se ensanchen en la noche, para descubrir a quienes viven en la oscuridad el pecado, en las tinieblas de la tristeza y la desesperanza.

Y sabiendo lo que la multitud necesita, Jesús pregunta ¿dónde compraremos pan para darles de comer? (Juan 6, 5); Felipe, uno de los Doce, hace un cálculo rápido: organizando una colecta, se podrían recoger al máximo doscientos denarios para comprar el pan, que aun así no sería suficiente para dar de comer a cinco mil personas.

Los discípulos razonan con parámetros de «mercado», pero Jesús sustituye la lógica del comprar con otra lógica, la lógica del dar”, la del compartir.

A 500 años de la primera misa en territorio argentino, participar en la Eucaristía significa entonces entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la fraternidad. «Recibir la Comunión» significa recibir de Cristo la gracia que nos hace capaces de compartir con los demás lo que somos y tenemos.

La multitud quedó impresionada por el milagro de la multiplicación de los panes; pero el Pan que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.


Nos hemos acostumbrado a comer el pan duro de la desinformación; el pan viejo de la indiferencia y la insensibilidad; estamos empachados de panes sin sabor, fruto de la intolerancia; el pan agrietado por el odio y la descalificación; como nos dice el Papa Francisco: Digámoslo con fuerza y sin miedo: tenemos hambre, Señor”


En este tiempo creo que hemos podido recuperar sueños, aunque también hemos podido decir que perdimos algunos miedos.

“La gran hazaña de la expedición de Magallanes y Elcano se coronó con la primera vuelta al mundo; nosotros no dimos la vuelta al mundo como ellos; tampoco la vuelta al mundo en 80 días como la novela del francés Julio Verne; ni siquiera pudimos por la pandemia, realizar la innumerable cantidad de actividades programadas en San Julián; pero igual estamos ante un enorme desafío: dar vuelta mi mundo, dar vuelta nuestro mundo, dar vuelta nuestra Iglesia; dar vuelta nuestra Argentina. O nos quedamos dando vuelta sobre nosotros mismos, “mirándonos el ombligo”, girando en falso, alejados de la gente, adentro de los templos, o de las oficinas públicas, o como Jesús, caminamos en medio de la multitud…”


Por eso decimos una vez más: “Tenemos hambre, Señor, del pan de tu Palabra capaz de abrir nuestros encierros y soledades. Tenemos hambre, Señor, de fraternidad para que la indiferencia, el descrédito, la descalificación no llenen nuestras mesas y no tomen el primer puesto en nuestro hogar. Tenemos hambre, Señor, de encuentros donde tu Palabra sea capaz de elevar la esperanza, despertar la ternura, sensibilizar el corazón abriendo caminos de transformación y conversión.”[2]


En algún otro momento del Evangelio en el versículo 9 dice que: “un niño se acercó con cinco panes y dos pescados”. En la lógica del mercado eso no alcanzará nunca para dar de comer a una multitud, pero en la lógica de la fraternidad y el compartir eso es mucho.


En este tiempo de pandemia ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarnos no resuelve nada, pero podemos ofrecer ese poco que tenemos como el niño del Evangelio.


Seguramente tenemos algunas horas de tiempo o algún talento. ¿Quién de nosotros no tiene sus cinco panes y sus dos pescados? Todos los tenemos. Si estamos dispuestos a ponerlos en las manos del Señor bastarían para que en el mundo haya un poco más de amor, de paz, de justicia, de alegría. Dios es capaz de multiplicar nuestros pequeños gestos de solidaridad.

Que el celebrar estos 500 años de la Primera Misa aún hoy, en este 2021, nos anime el deseo de compartir lo que somos y lo que tenemos, para que realmente todos se sientan invitados a la mesa grande de la Argentina y entonces la letra de Peteco Carabajal dejará de ser sólo una canción para ser una realidad:


“Yo quisiera que en mi mesa

nadie se sienta extranjero

que sea la mesa de todos

territorio del encuentro.

Que sea mesa de domingo

mesa vestida de fiesta

donde canten mis amigos

esperanzas y tristezas.”



(*) Homilía de la Misa de los 500 años de la Primera Misa en territorio argentino, 1 de Abril de 2020: https://primeramisaargentina.wixsite.com/1abril1520/post/2020-04-01homilia


[1] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est 16, Ciudad del Vaticano 2005

[2] Francisco, Homilía, Plaza Macedonia, Skopie, 2019


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LECTURA RECOMENDADA PARA LA SEMANA

CELAM – Documento de Aparecida, 534-540. Caminos de reconciliación y solidaridad


 
2021-07-25 Dom 17 TDA Homilia Obispo
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