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2021-10-24 | Homilía del 30º Domingo del Tiempo durante el año

Lecturas de la Misa

Jeremías 31, 7-9

Sal 125, 1-6.

Hebreos 5, 1-6

Marcos 10, 46-52


HOMILÍA

Comienza el evangelio de hoy diciendo que Jesús caminaba con mucha gente, con sus discípulos y con una gran multitud. Iban de camino de Jericó hacia Jerusalén. El Papa nos convocó, hace unos días, el 10 de octubre a la “sinodalidad”. Esta palabra griega que nos puede sonar raro, difícil, distinta, pero que significa “caminar juntos”, es decir, el Papa nos está invitando, a lo que hoy Jesús, hace en el evangelio: a caminar todos juntos. Caminar los laicos con sus pastores, con las religiosas, con las familias, caminar juntos, eso es sinodalidad.


Y como dice Francisco, esto no es algo nuevo en la Iglesia, es algo de siempre. Fijémonos en el evangelio de hoy como hace 2000 años, esta imagen de caminar juntos de Jesús con sus discípulos y con una gran multitud, de Jericó a Jerusalén.


Caminar juntos, iremos viendo en el proceso del sínodo 2021 -2023, que convoca a todo el mundo, será también, no solamente caminar juntos, sino, también compartir las decisiones, tener todos claro cuál es nuestra misión, cual es nuestro rol, cual es nuestra vocación, pero dejar de lado el clericalismo, dejar de lado esto que lo hagan otros, dejar de lado esto de “siempre se hizo así”.


Una manera distinta de ser Iglesia, pero en realidad una manera que es volver a los orígenes, como cuando Jesús, en el evangelio de hoy camina con los discípulos, camina con la gran multitud.


A medida que vaya pasando el tiempo nos iremos metiendo más en todo lo que significa esto del Sínodo, al que el Papa convoca a la Iglesia universal. Nos dice Francisco, que cuando la Iglesia se detiene, es decir, cuando la Iglesia no camina, ya no es Iglesia, sino que se transforma en una asociación piadosa que enjaula al Espíritu Santo. Nosotros al contrario queremos que el Espíritu Santo sea el que nos guíe, sea él en este camino del Sínodo, en este camino que queremos hacer juntos como pueblo, haya un solo conductor, el Espíritu de Dios.

El protagonista del Evangelio de hoy, es este ciego, este Bartimeo, el hijo de Timeo. Y me parece que mirando las características muy detalladas qué nos da el Evangelio de Marcos, podemos también iluminar desde esta Palabra de Dios nuestra vida.


La primera característica: dice que Bartimeo es ciego. Es verdad que su ceguera era física, pero también podemos decir que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y por lo tanto podemos también pensar o reflexionar sobre nuestras cegueras. Que muchas veces no tienen que ver con el aumento de los anteojos, que muchas veces no tienen que ver con nuestras miopías, no tienen que ver con ponernos gotitas de colirio, en realidad son cegueras que tienen que ver con nuestra vida. Se refieren a un mirar desde el corazón, o un mirar más profundo, a un mirar como mira Dios. Y entonces podemos tener un mirar sesgado, un mirar parcial, un mirar solamente aquello que nos gusta o aquello que nos conviene. Y entonces tenemos un mirar ideológico. Miramos y aceptamos lo que me gusta, lo que coincide y lo que pienso, a lo demás le niego mi mirada.


Podemos tener también, un mirar desde arriba o un mirar desde lejos, y entonces no distingo bien lo que pasa, tampoco nos interesa, tomamos distancia de aquello que no me gusta, y entonces no me afecta tampoco, un mirar desde lejos. Podemos tener también, un mirar condenatorio, que en realidad queremos ver, pero queremos ver para criticar, para juzgar o también podemos tener un ver comprometido, un ver empático.


Podemos mirar como dije, como mira Dios, con su mirada compasiva y misericordioso. Así mira Dios nuestra vida, nos mira con amor compasivo y misericordiosos. Claro y uno dirá cómo hacemos para tener esa mirada.


El Papa Francisco varias veces en sus discursos dice que lo que tenemos que hacer es limpiar la mirada de prejuicios, limpiar la mirada de tanto resentimiento, de tanta oscuridad. Y para curar esas cegueras del corazón, el Papa dice que tenemos que llorar, animarnos a llorar, y leo textual de un discurso del Papa a los jóvenes en Filipinas, en el 2015: “lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar.” Ciertas realidades de la vida se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte, dice Francisco “¿yo aprendí a llorar?” "¡Al mundo de hoy le falta llorar! No es el llanto del capricho sino, el del dolor profundo y la impotencia, debemos unirnos al dolor de los que sufren y llorar con ellos. Producir lágrimas para limpiar la mirada y así, ver más claro.

Y junto con esto recuerdo, también una frase muy importante de la encíclica Dios es Amor, del Papa Benedicto XVI, donde dice: “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.”


Por eso quisiera hoy convocarlos a todos a que abramos nuestra mirada, pero que abramos nuestros ojos y que no seamos ciegos al dolor del hermano, que generemos está mirada empática, esta mirada misericordiosa, que no demos vuelta la cara, que no miremos desde lejos, que no miremos solamente lo que nos gusta, al contrario, que tengamos una mirada transparente que haya sido limpiada por las lágrimas, pero que también cada uno de nosotros pueda ser oculista de los demás que nos ayudemos entre nosotros a limpiar la mirada. Que seamos entre nosotros el colirio que nos cure de nuestras conjuntivitis del alma, porque creo que a veces el rencor, los prejuicios son como una conjuntivitis que no nos deja ver claro.


Dice del ciego también que, así como es un mendigo ciego, está sentado junto al camino y estar sentado junto al camino, me parece que, si el camino es el camino de la vida, tenemos que pensar en todos los hermanos que han quedado en la banquina de la vida, esperando justicia, esperando trabajo, esperando educación de calidad. Cuantos hermanos han quedado al borde del camino esperando todavía, esperando cuanto que necesitan para volver a incorporarse al mercado laboral, para volver incorporarse a un proyecto de país y a un proyecto de vida que todos nos merecemos.


Dice también que el ciego cuando lo escucha a Jesús, lo primero que hace es gritar fuerte y grita cada vez más fuerte: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí. Quisiera entonces que podamos pensar juntos, qué lindo que nuestra oración sea un grito de a Dios, que nuestra oración surja desde lo más profundo de nuestra vida, que sea un grito que no tenga miedo de molestarlo a Dios con nuestras necesidades, con nuestras palabras pero que nuestra oración sea un clamor al cielo. A veces me parece que tenemos o creemos, que a Dios le gustan las oraciones prolijitas, las oraciones solamente de manuales de oración o de detrás de una estampita. Qué lindo es poder mostrarle a Dios el corazón sangrando, el corazón crudo, el corazón con dolor y con lágrimas, que nuestra oración sea solamente eso, un grito al Señor, un clamor como el del ciego del Evangelio de hoy.


El versículo 50 dice que el hombre es ciego y arrojó el manto y se puso de pie, es decir, soltó el manto para ponerse de pie. Me pregunto y les dejo la pregunta ¿cuántas cosas tendremos que soltar cada uno de nosotros para ponernos de pie en nuestra vida? Tenemos que, a veces, soltar el pasado, soltar los prejuicios, tenemos que soltar el rencor que no nos deja ponernos de pie y no nos deja caminar. Cada uno pueda pensar los celos enfermizos que habrá que soltar, las adicciones que habrá que soltar. Los afectos desordenados que habrá que soltar, cuántas cosas que tendremos que soltar para ponernos de pie, así como el ciego soltó el manto.


Jesús le pregunta ¿qué quieres que haga por ti? esta pregunta es la misma que Jesús le hizo en el Evangelio el domingo pasado a los hijos de Zebedeo, a Santiago y a Juan. ¿qué quieren que haga por ustedes? ahora le dice a Bartimeo ¿qué quieres que haga por ti? Se acuerdan que la semana pasada los hijos de Zebedeo, lo que piden es poder, piden tener cargos al lado de Jesús, piden tener privilegios, piden ocupar los primeros lugares.


Bartimeo en el Evangelio de hoy, pide ver: “Señor que yo vea”. Quiere recuperar la vista. Bartimeo quiere salir de la oscuridad. Y entonces me pregunto una vez más y les pregunto ¿quién es verdaderamente ciego? ¿Es Bartimeo, el ciego, que cuando Jesús le pregunta, qué quieres que haga por ti, le dice Señor que yo vea? O en realidad los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan son los que están ciegos, que piden poder, que piden cargos, porque están ciegos de poder, están ciegos de fama, están ciegos de privilegios, están ciegos de ambición. Por eso a ellos Jesús les dirá en el evangelio, “no saben lo que piden”.


Y termino, hacia el final, del grito del ciego de Jericó, la gente que primero lo quiso callar le dice: “levántate, Él te llama”. La misma gente primero, le decía que se calle y después le dice “vení que Él te llama”. Cambian de posición en un minuto. En realidad, podríamos decir que son terriblemente clericalistas, primero lo callan, pero cuando Jesús les dice llámenlo, ahí enseguida cambian su opinión y lo buscan. De alguna manera, la gente es un verdadero obstáculo para que Jesús se encuentre con los pobres. La gente es como una barrera para que el ciego no llegue al Hijo de David.


Dejo aquí otra pregunta: ¿cuántas veces nosotros en nuestras comunidades parroquiales, no somos también, como un obstáculo para que la gente más pobre, la gente más necesitada se encuentre con Dios? Cuantas veces ponemos trabas, requisitos, barretas cuando alguien viene a preguntar por un sacramento. Cuantas veces le ponemos un montón de condiciones cuando alguien viene anotar a su hijo a catequesis o cuando viene a pedir que le bendigan una botellita de agua, que casi que le hacemos cumplir un protocolo de Covid. Cuantas barreras hemos inventado.

Nos hemos transformado en esta gente que va alrededor de Jesús, nos creemos estar cerquita de Él, pero cuando los más necesitados y los más vulnerables se quieren acercar al Señor, ahí somos una barrera, ahí somos una aduana, ahí dejamos de ser la Iglesia hospital de campaña que recibe a los heridos de la vida. Seamos facilitadores de la gracia de Dios. No le compliquemos más la vida a la gente, que ya bastante se la complica la situación del país y la situación de la pandemia.


RECOMENDADA PARA LA SEMANA

"Rojo como el cielo". Película italiana dirigida por Cristiano Bortone. Estrenada en 2006, en el Festival de Roma.

 
2021-10-24 homilia dom 30
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