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2023-03-28 | Homilía de la Misa Crismal

Celebrada en Tolhuin, en Caleta Olivia y en Puerto Santa Cruz, comunidades de cada decanato de la Diócesis. Presidida por Mons. Jorge García Cuerva, junto al Obispo auxiliar, Mons. Fabián González Balsa y el clero decanal.


Durante los últimos meses, la Familia Grande de los Hogares de Cristo estuvo recorriendo todo el país, celebrando sus 15 años de existencia y, a la vez, los diez años del pontificado de Francisco.


También estuvieron en nuestra diócesis; y en cada lugar que visitaban realizaban el gesto del lavatorio de los pies.

El jueves santo del año 2008 el cardenal Jorge Bergoglio en el Hogar de día San Alberto Hurtado decía: “Jesús se arrodilla delante de su hermano y de su hermana, es Cristo mismo quien les lava los pies, y le dice: “Vos sos importante para mí, eso es lo que significa ese gesto, no tiene otro significado, es la caricia de la ternura de Jesucristo a aquellos que la sociedad a veces desprecia, o margina, o menosprecia, o no tiene en cuenta, o no le importa.”[1]


El evangelio que proclamamos nos dice que Jesús se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura: Jesús comienza a sorprender, abandona la seguridad de ser servido, de quedar detrás de la mesa observando la conducta de los discípulos; se saca el manto, aquel manto que lo habría protegido del frío, y que, a la vez, fue tocado por los pobres, por la mujer hemorroisa, entre otros (Cfr. Lc 5, 27).


Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura; no pregunta cuáles fueron los caminos recorridos por esos pies; tampoco critica si están con mucha tierra o polvo de las rutas andadas.


¿Cómo habrán sido los pies de los discípulos? ¿Cómo son los nuestros? Pienso cuatro imágenes:

Pies con durezas que se fueron formando con los años; durezas que con el caminar torcido o rozando el calzado fueron formando cayos; así puede también suceder en el corazón: durezas por rencores acumulados, por enojos no hablados, por resentimientos amontonados.


Quizás son pies demasiado cuidados, como si fuesen atendidos por algún podólogo de manera casi cotidiana; pies obsesionados por el propio bienestar, que se cuidan de los caminos que recorre el pueblo, por temor a ensuciarse, a embarrarse, a tropezar con alguna piedra. Un cuidado excesivo de la propia vida, que apaga la pasión por la entrega de la vida en el anuncio de la Buena Noticia, como si la tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos.[2]


O pies con una uña encarnada, pies que duelen, y tal vez, sangran; llevan dolores de la vida que siguen punzando, sufrimientos personales, familiares, que duelen mucho y no permiten andar, porque cada paso es un suplicio; entonces, son pies quietos, aislados en su dolor.


Pero también pueden ser pies andariegos, que salen al encuentro, pies de discípulo que caminan detrás del Maestro; pies que se detienen para consolar y bendecir a quienes están al borde de la vida; pies que saben apurar la marcha cuando la realidad exige profetismo y audacia; pies que saben detenerse para esperar a los rezagados.


«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!» Quizás los pies de Pedro eran un poco como los tres primeros que describimos, y por eso no quiere mostrarlos a Jesús, no quiere que el Señor se acerque. Tiene vergüenza.

Nos puede pasar lo mismo, nos negamos a experimentar en la propia vida la ternura de Jesús; cargamos culpas por haber transitado caminos equivocados o nos creemos tan sucios que, con Pedro, le pedimos que no sólo nos lave los pies, sino también las manos y la cabeza.


“No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. A Pedro parece que primero le gana la soberbia y el orgullo (no me lavaras los pies a mi); luego le gana la culpa… Está desconcertado, confundido, pasa del orgullo a la culpa, de la negación a ser lavado a pedir ser bañado por Cristo. Cuántas veces también nosotros pasamos de un estado anímico a otro con facilidad, cuántas veces no entendemos a Jesús, cuántas veces nos cuesta comprender sus planes, su invitación a seguirlo, y experimentamos un gran desconcierto. Hoy las palabras del Maestro, son una caricia para esos momentos: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”


Lavar los pies es servir, lavar los pies es acariciar la vulnerabilidad de los hermanos, lavar los pies es no sentirnos patrones, lavar los pies es experimentar la fraternidad.


“Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”: para Cristo el poder es servicio. En este mundo una fuente del poder es el dinero que nos da una seguridad artificial y burocratiza nuestro ministerio; otra fuente de poder son los cargos a los que podemos aferrarnos olvidándonos aquello de que seguir a Jesús es abandonar seguridades y arriesgarse a lo sorpresivo; otra fuente de poder es la información y entonces entramos en la cultura del chisme y las habladurías.


Somos ministros del Señor; para nosotros también el poder debe ser sinónimo de servicio, alejado de seguridades económicas, distanciados del carrerismo de los cargos, y de las murmuraciones de la información.


En la misa de la Cena del Señor el jueves santo, lavaremos nuevamente los pies de miembros de la comunidad, los pies de nuestra gente; incluso hasta quizás nos sacarán alguna foto. Pero me quedo pensando… ¿y el lavado de pies de mi hermano sacerdote? Del más amigo, pero también del más distante afectivamente, porque como dice el Señor, “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre se las he dado a conocer. (Cfr. Jn 15, 14-15). Amigos de Jesús, entre nosotros hermanos.


Sobre la escena del evangelio que proclamamos en esta misa crismal, existe un cuadro del pintor italiano Tintoretto, considerado una de sus obras más importantes. Fue pintado entre 1548 y 1549, encontrándose actualmente expuesto en el Museo del Prado de Madrid, España. Se llama justamente El lavatorio.


El artista representa el episodio de Cristo y Pedro en un extremo de la composición. La mayor parte del lienzo está ocupado por la estancia donde se desarrolla la Última Cena, con la mesa y los discípulos en torno a ella descalzándose.


En el centro de la pintura se destaca la figura de un perro, si, un perro. El perro es símbolo de la fidelidad; expresa la fidelidad de Dios que como dice al comienzo del evangelio que proclamamos hoy, nos amó hasta el fin. Nuestra fidelidad no es más que una respuesta a la fidelidad de Dios. Dios es fiel a su palabra, es fiel a su promesa, camina con su pueblo llevando a cabo sus promesas. Fue la fidelidad de Dios la que buscó a Pedro para ser pescador de hombres y seguirlo (Lc. 5, 10); fue la fidelidad de Dios la que lo buscó para que se deje lavar los pies (Cfr. Jn 13, 6); fue la fidelidad de Dios la que perdonó sus negaciones (Mc. 14, 66-72); fue la fidelidad de Dios la que lo invita a decir tres veces que lo ama al Señor (Jn. 21, 15-19). La fidelidad de Dios siempre nos precede y nuestra fidelidad es siempre la respuesta a esa fidelidad que nos precede. Por eso también hoy al renovar nuestras promesas sacerdotales, responderemos “Si, quiero” a la fidelidad del Señor para con nosotros.


Responder a su fidelidad es estar con Él, es encontrarnos con Él diariamente en la oración, en la celebración de la misa, para que lave mis pies del camino recorrido ese día. Así evitamos ser funcionarios de la fe, administrativos del servicio a los hermanos.


San Juan en su evangelio no narra la institución de la Eucaristía, como lo hacen los otros tres evangelistas. En cambio, nos ha conservado este conmovedor relato del lavatorio de los pies, en el que nos da una lección de servicio fraternal. Es que que no puede haber servicio sin Eucaristía, ni Eucaristía sin servicio; son dos caras de la misma moneda; es servicio y entrega, es amor donado y acción de gracias.


Hermano sacerdote, llega todos los días con tus pies cansados a la mesa del altar; déjate lavar, desnuda tu alma frente a Cristo Eucaristía.


Reza, dale tiempo para que te acaricie y seque tus lágrimas con la misma toalla con la que delicadamente secó los pies de los discípulos.


No seas un burócrata de la fe, con los pies demasiado bien calzados, ajenos a la realidad, impermeables a los caminos de la vida que recorre el pueblo.


En la primera lectura Moisés llevó el rebaño más allá del desierto, y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí sintió el llamado de Dios desde la zarza ardiente: ¡Moisés!, ¡Moisés!; querido hermano que hoy también sientas que el Señor vuelve a pronunciar tu nombre, y que, como Moisés, y como vos mismo el día de tu ordenación sacerdotal, le respondemos: ¡Aquí estoy!


Dios nos invita a descalzarnos porque el suelo que pisamos es tierra sagrada. Descalzarnos delante de Él para que lave y cure las heridas del camino; y para caminar con cuidado, despacio, sin atropellos al acompañar a nuestras comunidades; cada persona con la que nos encontramos es tierra sagrada, y merece de nosotros todo respeto, toda atención, toda misericordia, toda comprensión.


Por último, les agradezco su servicio y entrega, y los invito nuevamente a caminar de manera sinodal, caminar juntos algunas de las consignas de nuestro querido Papa Francisco que hemos asumido como Iglesia diocesana en estos años: ser Iglesia en salida; ser una Iglesia hospital de campaña que recibe a los heridos de la vida; ser una Iglesia pobre para los pobres; seguir creyendo en el protagonismo de los laicos y las mujeres con quienes compartimos la animación de nuestras comunidades; y seguir soñando con los pies en la tierra.


Justamente dice el Papa: El sentido de la vida no es quedarse en la playa esperando que el viento traiga novedades. La salvación está en mar abierto, está en el impulso, en seguir los sueños, los verdaderos, los que se sueñan con los ojos abiertos, que comportan esfuerzo, lucha, vientos contrarios, borrascas repentinas. Por favor, no hay que dejarse paralizar por el miedo, ¡sueñen en grande! ¡Y sueñen juntos![3]


Somos sacerdotes de la Iglesia, no somos sacerdotes a título privado; pidamos a María que nuestros pies se parezcan a los del Maestro: pies que recorren los caminos; pies bien metidos y comprometidos con la realidad; pies clavados en la cruz por amor; pies heridos y marcados por la entrega; pies de resucitado que salen a anunciar con alegría y pasión que Él está vivo.

Mons. Jorge García Cuerva

Obispo diocesano

Río Gallegos, marzo 2023


[1] Bergoglio, Jorge, Homilía, Buenos Aires 2008 [2] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium 81, Ciudad del Vaticano 2013 [3] Francisco, Discurso a los jóvenes, Atenas diciembre 2021


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