Asamblea Diocesana 2026
- 2 may
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Actualizado: 9 jun
2026-05-02 | Misa de clausura de la Asamblea Diocesana, presidida por Mons. Medina, concelebrada junto a Mons. Fabián González Balsa, obispo auxiliar y todo el clero de la diócesis en el Colegio María Auxiiadora. Allí se llevó adelante la Jornada de Asamblea Diocesana, bajo el lema "Comunidad que escucha, manos que sirven" | Homilía de Mons. Ignacio Medina.

Lecturas: Hechos 6, 1-7 | Salmo 32
1Pedro 2, 4-10 | Juan 14, 1-12
Queridos hermanos, hermanas, llegamos al final de esta asamblea sinodal con el corazón encendido y quizá también un poco cansados. Las palabras de Jesús en el Evangelio hoy resuenan con fuerza, especialmente para nosotros: «Que no se inquieten sus corazones, que no se inquiete el corazón». En momentos de cambio, de planificación y de mirar hacia el futuro de nuestra diócesis, es natural sentir cierta inquietud. Sin embargo, el Señor nos recuerda que Él es el camino, Él es la verdad y Él es la vida. No caminamos hacia una estructura administrativa, sino hacia una Persona.
La primera lectura nos sitúa en la realidad de la Iglesia primitiva, que incluso en sus inicios, bajo el impulso del Espíritu Santo, surgieron tensiones. Los helenistas se quejaban de que sus viudas eran desatendidas. Hubo una escucha atenta. Los apóstoles no negaron el problema ni lo ocultaron; lo enfrentaron con sabiduría comunitaria. Hubo también una multiplicación de carismas. Entendieron que no podían hacerlo todo. Allí nace la institución de los diáconos. Esta asamblea nos ha recordado que cada uno tiene una función, un carisma: unos el de la oración, otros el ministerio de la palabra, otros el servicio de la caridad y otros diversas pastorales.
Gracias a este ordenamiento y a la corresponsabilidad, la Palabra de Dios se difundía y el número de discípulos aumentaba. El servicio, la diaconía entonces, no es un estorbo para la evangelización, es su motor. Ser servidor nos mueve como Iglesia.
San Pedro nos ofrece una imagen bellísima para entender nuestra identidad diocesana: Cristo es la piedra angular, el fundamento, pero nosotros no somos simples espectadores, somos piedras vivas. Una piedra sola es un objeto; juntas forman un templo. Esta Asamblea ha sido ese ejercicio de encastrar nuestras realidades, talentos y diferencias para construir algo más grande que nosotros mismos. Se nos ha recordado que somos un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa. Nuestra misión trasciende las paredes de nuestros templos; estamos llamados a proclamar las maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su admirable luz.
Finalmente, Jesús nos lanza un desafío en el Evangelio: «El que cree en mí hará las mismas obras que yo hago, y las hará mayores». ¿Cómo es posible hacer obras mayores? A través de la Iglesia, que es el sacramento de su presencia en el mundo actual. «Señor, muéstranos al Padre», dice Felipe. Y Felipe nos representa; el mundo de hoy nos pide lo mismo, no quiere discusiones abstractas, quiere ver a Dios. Mostramos al Padre cuando nuestra diócesis se convierte en una casa de puertas abiertas, cuando los que necesitan son atendidos como esas viudas de los Hechos, y cuando vivimos con la esperanza de saber que hay muchas moradas en la casa del Padre.
Y hoy salimos de esta asamblea con una hoja de ruta, pero sobre todo con un espíritu renovado. No tengamos miedo. Miedo a las crisis, a los roces, como en los Hechos; son dolores de crecimiento. Sintámonos valiosos porque somos piedras vivas elegidas por Dios, y caminemos con seguridad porque es el mismo Jesús el que trazó el rumbo.
Que María, Madre de la Iglesia, nos acompañe para que lo reflexionado en estos días no se quede en un papel, sino que se convierta en vida, en pan partido y en comunidad misionera. Que así sea.






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