MISA CRISMAL, 2026
- 12 mar
- 3 min de lectura
Actualizado: 9 jun
2026-03-12 | Misa Crismal y Ordenación diaconal de Guillermo Mendoza, celebrada en el Santuario San Cayetano de Río Gallegos | Homilía de Mons. Ignacio Medina
Queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos, querido Guillermo, querida familia de Guillermo, querido Pueblo de Dios.
La liturgia de hoy nos introduce en el corazón mismo del misterio de Cristo y de la Iglesia. Celebramos la Misa Crismal, donde contemplamos a Cristo como el ungido del Padre. Renovamos también nuestra propia unción y misión, y al mismo tiempo, somos testigos de un momento de gracia particular para nuestra diócesis: la ordenación diaconal de Guillermo para el servicio del Pueblo de Dios.
Las lecturas que hemos escuchado nos ayudan a comprender profundamente lo que hoy celebramos. El profeta Isaías, que hemos escuchado, nos dice: 'El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido'. Este texto es una profecía mesiánica; habla de alguien que ha sido ungido para una misión concreta: anunciar la buena noticia a los pobres, vendar los corazones heridos, proclamar la libertad de los cautivos.
Pero también el Evangelio de hoy nos muestra algo decisivo. Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, abre el libro de Isaías y lee ese mismo texto, y al terminar dice: 'Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír'. Toda la misión de la Iglesia nace en esta afirmación. Cristo es el ungido del Padre; es unción que se prolonga en la Iglesia.
En la Misa Crismal vamos a bendecir los óleos sagrados y consagramos el Santo Crisma. Estos óleos acompañan toda la vida cristiana. Con el óleo de los catecúmenos se fortalece al que se prepara para el bautismo; con el óleo de los enfermos se consuela y fortalece al que sufre; con el Santo Crisma se unge al bautizado, al confirmado, al sacerdote y al obispo. Estos signos nos recuerdan una verdad profunda: la unción de Cristo continúa en su Iglesia.
El libro del Apocalipsis lo expresa con una belleza extraordinaria: es un Cristo que nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para Dios. Pero algunos son llamados de modo particular a servir a ese sacerdocio del Pueblo de Dios. Hoy renovamos las promesas sacerdotales, recordando que nuestro ministerio no es un honor humano, sino una misión al servicio del Evangelio y de su pueblo.
En este contexto celebramos también la ordenación diaconal de Guillermo.
Querido Guillermo, el diaconado no es simplemente una función dentro de la Iglesia; es un sacramento que te configura con Cristo servidor. Cristo no vino para ser servido, sino para servir. Cristo se inclinó para lavar los pies de sus discípulos; Cristo se entregó en la cruz. Por eso, el ministerio diaconal tiene tres grandes dimensiones: vas a servir en la Palabra, vas a servir en el Altar y también vas a servir en la Caridad.
Vos vas a ser llamado para recordar a toda la Iglesia que la fe se hace concreta en el servicio. Ser diácono significa estar especialmente atento a los pobres, a los olvidados, a los que sufren, a los que están en las periferias de la vida, como nos decía el Papa Francisco. En cierto sentido, el texto de Isaías puede ser también tu programa de ministerio diaconal: anunciar la buena noticia, consolar a los afligidos, levantar a los que están caídos.
El Evangelio termina con una frase breve pero contundente: 'Hoy se cumple esta Escritura'. Es hoy. Es hoy que continúa la vida de la Iglesia. Se cumple cuando el Evangelio se anuncia con valentía; se cumple cuando un sacerdote perdona los pecados; se cumple cuando la Iglesia acompaña al que sufre; se cumple cuando un diácono se inclina a servir.
El mundo de hoy sigue necesitando lo mismo que en los tiempos de Jesús: corazones sanados, esperanza para los que más la necesitan y libertad para los que están oprimidos; y el Señor quiere hacerlo a través de su Iglesia.
El Apocalipsis nos recuerda, finalmente, quién es el centro de todo: 'Yo soy el Alfa y la Omega'. Cristo es el principio y el fin; Él es el Señor de la historia, es el fundamento de todo ministerio.
Querido Guillermo, si permanecés unido a Cristo, tu ministerio siempre dará fruto.
Queridos sacerdotes, si permanecemos unidos a Cristo, nuestra misión tendrá sentido.
Y querido Pueblo de Dios, si caminamos unidos a Cristo, la Iglesia será siempre signo de esperanza en el mundo.
Pidamos hoy al Señor que renueve en todos nosotros la gracia de nuestra vocación y que el Espíritu Santo haga de nuestra Iglesia diocesana una comunidad verdaderamente ungida para anunciar la buena noticia. Que así sea.



Comentarios