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Te Deum 25 de Mayo

  • 25 may
  • 3 min de lectura

Actualizado: 9 jun

2026-05-25 | Homilía de Mons. Ignacio Medina en la Catedral de Río Gallegos en el 116° aniversario del Primer Gobierno Patrio.


            Buenos días a todos, ¡feliz día de la Patria!

Queridos hermanos y hermanas, nos reunimos hoy en este tradicional Te Deum para dar gracias a Dios por nuestra patria. El 25 de mayo siempre despierta en nosotros una memoria agradecida de aquellos hombres y mujeres que soñaron con una nación libre, justa y fraterna.


Nuestro agradecimiento no lo hacemos en el aire, sino con los pies bien puestos sobre la tierra, esa tierra que es nuestro presente, trayendo al altar la realidad que nos toca vivir. Para iluminar este momento, la Palabra de Dios nos regala una escena del Evangelio que late con mucha fuerza en el corazón de nuestra Argentina de hoy: Jesús y sus discípulos cruzando el lago en medio de una tempestad.


Escuchamos recién que mientras navegaban, se desencadenó una tormenta de viento sobre el lago. La barca se llenaba de agua y corrían un grave peligro. Es una imagen cercana. Si somos honestos con lo que compartimos día a día en nuestras mesas, en nuestros barrios y en nuestras familias, muchos sentimos que hoy nos toca navegar una tormenta dura. La situación social y económica de nuestro país nos golpea el alma. No hace falta dar grandes cifras. Basta con mirar a los ojos a tantos papás y mamás que hacen malabares para que la comida alcance hasta fin de mes; a los abuelos que la ven difícil; a tantos jóvenes que miran el futuro con una mezcla de ansiedad e incertidumbre. Hay un cansancio flotando en el aire, una sensación de que el agua nos está entrando en la barca y de que las fuerzas no siempre alcanzan. El viento de la crisis es real. Cala hondo y nos duele a todos.


En el relato, mientras el viento rugía, Jesús dormía. Los discípulos, desesperados, lo despertaron gritando: '¡Maestro, Maestro, nos hundimos!'. A veces, en medio de las dificultades de nuestra patria, nos puede parecer lo mismo. Podemos sentir que Dios está distante, o que el silencio de la fe no responde al ruido de nuestras necesidades urgentes. Es el grito legítimo de quien tiene miedo, de quien se siente vulnerable. La vulnerabilidad es parte de nuestra condición humana, y compartida con Jesús, es el primer paso para no hundirnos.


Jesús se despertó, increpó al viento y al oleaje; la tormenta cesó y sobrevino la calma. Y entonces, les hizo una pregunta, una pregunta honda a sus amigos: '¿Dónde está su fe?'. Esta pregunta de Jesús no es un reto frío ni un reproche hiriente. Es la mirada de un pastor que quiere recordarnos quiénes somos en realidad, aun cuando el miedo nos nuble la vista. No nos pregunta por qué tienen miedo, porque el miedo ante la tormenta es natural; nos pregunta dónde está tu fe, en qué o en quién tenemos puesta nuestra confianza para salir adelante.


En este 25 de mayo esa pregunta se vuelve una invitación muy delicada para todo nuestro pueblo, y especialmente para quienes tenemos alguna responsabilidad en el cuidado de los demás. La fe nos recuerda que la salida de esta tormenta no va a venir de la mano del egoísmo, del sálvese quien pueda, ni de la agresión que nos divide. La barca en la que navegamos es la misma para todos. Y si se hunde un sector, nos hundimos todos; si sale adelante, saldremos todos.


La respuesta a la crisis no es el resentimiento, sino la fraternidad real, concreta, que se traduce en tender la mano al que quedó más rezagado; a cuidar el trabajo, en busca de consensos con humildad y generosidad. Nuestra Patria tiene una reserva espiritual y humana inmensa. Lo vemos en la solidaridad de los vecinos, el esfuerzo invisible de los trabajadores que no bajan los brazos, la fe de un pueblo que reza y que, a pesar de todo, sigue apostando por la honestidad, la educación de sus hijos y el respeto mutuo. Ahí está nuestra fe. Ahí está la fuerza que el viento no puede apagar.


Queridos hermanos, Jesús está en la barca con nosotros. No nos ha dejado solos en medio de la tormenta. Él camina con nuestra historia. Hoy le pedimos a la Virgen de Luján, madre del Pueblo argentino, que nos alcance la gracia de la unidad, de la ternura para mirar el dolor del hermano, y de la fortaleza para seguir caminando y remando juntos. Que el Señor apacigüe los vientos de discordia, nos regale la sabiduría para encontrar caminos de alivio y justicia para todos, y nos devuelva la paz y la esperanza que tanto necesitamos. Que así sea.

 


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