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2020-11-2 | Conmemoración de Todos los fieles difuntos.

Lecturas de la Misa

  • Sabiduría 3, 1-9

  • Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

  • Romanos 8, 31-39

  • Evangelio según san Juan 14, 1-6


HOMILIA

Comienza el Evangelio de hoy Jesús diciendo: no se inquieten crean en Dios y crean también en mí.


Pensaba cuando somos chiquitos y la abuela, mamá o papá nos dicen: quédate tranquilo, va a estar todo bien. Creo que hoy las palabras de Jesús son muy similares, no se inquieten, quédate tranquilo, va estar todo bien. Crean en mí, Jesús nos invita a renovar la fe. Y en seguida nos dice porque va a estar todo bien. Porque no tenemos que inquietarnos. Y es porque, nos habla del cielo como una casa grande, con muchas habitaciones donde hay lugar para todos.


Qué linda imagen esta que nos presenta hoy Jesús. No imaginarnos el cielo tan solo como el lugar donde están las nubes o las estrellas, pensar esta casa grande del cielo, con muchas habitaciones, donde hay lugar para todos. Ese es el reino de Dios.


Hace algunos días rescatábamos una imagen del profeta Isaías que nos decía que el reino de Dios es un banquete con manjares sustanciosos, con vinos añejados. El reino de Dios como una fiesta.


Hoy el Evangelio nos presenta el reino de Dios como un hogar, un hogar para la familia grande de Jesús. Un hogar en el que nuestros seres queridos difuntos, ya tienen su lugar. Y entonces, más allá del dolor, más allá de extrañarlos, porque no pensar en nuestros seres queridos fallecidos, en esa casa grande, con muchas habitaciones, donde hay lugar para todos.


Imaginarnos que cada uno de ellos se está reencontrando con los seres queridos que partieron antes. Siempre me acuerdo de mi abuela que vivió muchos años, más de noventa, y en algún momento ella decía: - extraño a mi papá, extraño a mis hermanos, y entonces… imaginemos que aquel que entra a esa casa grande del cielo se reencuentra con los que partieron antes.


Como digo siempre, la vida tiene tres partes: la primera, en la panza de mamá y dura nueve meses. Esto es muy doloroso, dicen las mujeres, que es el parto. Pero tanto dolor se transforma en alegría porque nace un bebé que entra en esta segunda parte de la vida que es en la que estamos nosotros.


Y esta segunda parte de la vida tiene un montón de cosas lindas y un montón de cosas duras y difíciles como también nos está tocando vivir ahora, en el tiempo de pandemia. Para algunas personas dura muchos años esta segunda etapa de la vida, para otros, dura poco. Pero también hacia el final hay un momento de mucho dolor. Que es el momento de la muerte, pero que no deja de ser también un parto porque la persona que muere, nace a la vida eterna.


Nace a la tercera parte de la vida, la mejor, la que dura para siempre. La casa grande del cielo con muchas habitaciones donde hay lugar para todos. Por eso seguimos teniendo las mismas certezas de las que nos habló San Pablo en la segunda lectura: "Ni la muerte, ni la vida, ni los poderes espirituales, ni los abismos, nada podrá separarnos jamás del amor de Cristo."


Tenemos la enorme certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Tenemos la enorme certeza de que la vida triunfó en la cruz de Jesús, cuando resucitó. Y por lo tanto nuestros seres queridos gozan de la presencia de Dios en el cielo. Y allí nos esperan, y allí seguramente están preparando un lugar para nosotros, para el día que nos toque partir.


Hay una poesía de Mario Benedetti que dice: “… y usted se preguntará por qué cantamos? Cantamos porque llueve sobre el surco y somos militantes de la vida.”


En este tiempo de pandemia, ha llovido mucho sobre el surco, han llovido las lágrimas de tanto dolor, las lágrimas de tanta tristeza, las lágrimas de tanta angustia, de tanta incertidumbre.


Pero más allá de todo, seguimos siendo militantes de la vida, seguimos teniendo la certeza de que la muerte no tiene la última palabra y que nos reencontraremos definitivamente con el Señor en el cielo.

 
2020-11-02 Fieles Difuntos
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