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2021-08-01 | Homilía del 18º Domingo del Tiempo durante el año

Lecturas de la Misa:

Éxodo 16, 2-4. 12-15.

Salmo 77.

Efesios 4, 17. 20-24

Evangelio según San Juan 6, 24-35

 

HOMILÍA


Continuamos leyendo el capítulo 6 del Evangelio de Juan. Recordarán, la semana pasada, la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Hoy, luego de ese signo milagroso de Jesús, la gente se da cuenta que (Jesús) se fue. Entonces, nos dice el primer párrafo leído hoy, que la gente sale a buscarlo (a Jesús).


Busqué, valga la redundancia, la palabra “Buscar” en el diccionario. ¿Por qué? Porque dice que es “hacer lo necesario para encontrar a una persona o una cosa”. Este pueblo hace lo necesario para volver a encontrar a Jesús. Por eso quería hoy con ustedes, pedirle en primer lugar a Dios, que nos de siempre un espíritu de búsqueda. Que no bajemos los brazos, que busquemos a Jesús. Que salgamos a su encuentro como él sale al nuestro. A veces decimos “yo a Dios, no lo siento”, “yo no sé dónde lo encuentro”.


Creo que podemos "achancharnos" espiritualmente, conformarnos espiritualmente. Y creo que hoy esta gente, nos muestra algo muy sencillo pero muy lindo: Buscar es hacer lo necesario para encontrar a una persona. Ojalá todos queramos hacer lo necesario para siempre encontrar a Jesús, para siempre tener ese espíritu de búsqueda, para tener ese espíritu inquieto que no se conforma y dice “yo al Señor, no lo siento”, “yo no sé dónde lo encuentro”. Búscalo. Búscalo en serio. Búscalo en lo profundo de tu corazón. Buscarlo en tus hermanos. Búscalo en la oración. Búscalo en la Eucaristía. Búscalo y leyendo algún texto de la Palabra de Dios. Búscalo. No perdamos ese espíritu inquieto de búsqueda.


Claro al hacer lo posible para encontrarlo, dice el Evangelio, que lo encontraron en la otra orilla. Para mí, la otra orilla, es símbolo de otra mirada, es símbolo de algo nuevo, de algo distinto, de otra perspectiva. La otra orilla es salir de la zona de confort y comodidad, donde ellos habían comido hasta saciarse, y cruzar a lo desafiante, cruzar a algo que no conocen.


Aquí les dejaría una segunda inquietud. La primera era: no dejes de buscar a Jesús. La segunda es: ¿nos animaremos a ir a la otra orilla de nosotros mismos? Alguno me dirá “¿Qué quiere decir, padre, con esto?” Será, en primer lugar, reconocer que cada uno de nosotros es un gran misterio. A veces nos sorprendemos nosotros mismos de cómo somos. Nos sorprendemos de alguna reacción, nos sorprendemos de algún pensamiento, nos sorprendemos de algún aspecto de nuestra personalidad que quizás no nos habíamos dado cuenta. Somos un misterio hasta para nosotros mismos. Entonces, cruzar a la otra orilla, es animarme a entrar en mí mismo ¿Será que me animo a mirar mi vida con sinceridad, con honestidad, con transparencia? ¿O también me quedo en una postura más cómoda y miró algunos aspectos de mi vida desde lejos y con temor? Hacernos cargo de que somos un misterio y hacernos cargo de toda nuestra vida, es a veces también, cruzar a la otra orilla. Es animarme a lo desafiante de mi propia vida que quizás no conozco.


También es verdad que para muchos hermanos, la otra orilla es la esperanza, porque es signo de un futuro mejor, es símbolo de justicia, de paz o de vida digna.


Cuánto saben de otras orillas los migrantes, los refugiados. Cuánto han puesto ellos de esperanza en las otras orillas. Por eso quisiera hoy también rezar especialmente, por los migrantes, por sus búsquedas. Porque nos enseñan a todos a no ser conformistas, porque nos enseñan a todos a salir a buscar, animarme a lo distinto, a lo que no conozco. Animarse a esto de las otras orillas.


Para cruzar a la otra orilla, hay que tener alma aventurera, o por lo menos hay que ser un poco inconformista. O hay que tener como les dije, un espíritu inquieto, movedizo, buscador. Creo que el pueblo judío de la primera lectura, parecen no tener ese espíritu inquieto, ese espíritu buscador. Parece ser un pueblo que se conforma con poco. Protestan contra Moisés y Aarón y dicen “Ojalá hubiéramos muerto en Egipto. Nos sacaron a este desierto para morir de hambre”. El pueblo judío prefiere ser esclavo de Egipto y comer las sobras del faraón, porque seguro esas ollas no debían tener cortes de exportación, sino que debían tener carne de cuarta. Y pensaba: no sólo del pan vive el hombre, dice Jesús en la escena de las tentaciones. No solamente hay un pan que es con harina, con levadura, con agua. Ese no es el único pan, como tampoco tenemos un único hambre. Por eso, creo que ese pueblo judío, es capaz de sacrificar su libertad por saciar su panza. Ese pueblo judío no se da cuenta que no solamente estamos hablando de un pan de harina, de agua y de levadura, sino que estamos hablando de otro. Estamos hablando de un pan que sacia el sentido más profundo de la vida, como también decíamos el domingo pasado.


Y como dije, si hay varias varios símbolos del pan, también hay varios símbolos del hambre. Creo que todos tenemos que tener hambre de más: hambre de trabajo, hambre de educación, hambre de libertad, hambre de ciudadanía. No podemos ser un pueblo chato que se conforma con poco. Tenemos que tener hambre de anhelos. Tenemos que tener ganas de más. Tenemos que sentir este espíritu insatisfecho o inquieto, este espíritu soñador que se anima a la otra orilla, porque tiene horizontes grandes.


Es vivir, un poco, la frase de San Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Eso es tener hambre de Dios: sentir que nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él. Por eso, los animo a todos a tener este espíritu de búsqueda, este espíritu inquieto. A no ser un pueblo chato, a no conformarnos con poco como el pueblo judío en el desierto que es capaz de sacrificar su libertad por comer las sobras del faraón. Nosotros queremos reconocer que tenemos hambre de Dios, hambre de libertad, hambre de educación, hambre de vida digna. Y por eso, los ánimos seguir buscando.


El riesgo, cuando uno tiene hambre, es que podemos en algún momento, sentir que ya estamos saciados, que estamos llenos. Algunos dicen “estoy pipón” como cuando ya no dan más. Ya no me muevo, Ya no tengo más ganas, sólo me dan ganas de tirarme en un sillón y quedarme panza arriba. Como la gente que comió pan hasta saciarse, Jesús también quiere despertar en nosotros un hambre profundo, un hambre de vida eterna que sólo él puede saciar y por el que tenemos que trabajar todos y comprometernos. Creo que hay expresiones de este hambre más profundo que todos conocemos. Pienso, por ejemplo, en los adictos. Ellos, de algún modo, son expresión de un hambre infinita de felicidad que no tienen y que la sacian, de manera equivocada, con la droga. Pienso en otra expresión de hambre que son los migrantes. Ellos son expresión del hambre de una vida digna. Por eso se trasladan, por eso van en búsqueda de un mejor trabajo, por eso son capaces de dejar su patria. Creo que todos deberíamos ser expresión del hambre de Dios, ese hambre que hay en nuestro corazón, esa hambre de una vida digna que es la que Dios quiere para todos. Porque si somos sus discípulos, estamos llamados a ser pan como Él y ayudar a calmar tanta hambre de sentido y de felicidad en el mundo.


Termino con una frase que me dejó pensando: no te da vida sólo comer el pan, sino el dejarte comer. Que cada uno de nosotros sea un poco pan para tantos hermanos que tienen hambre de felicidad, hambre de sentido en su vida. Que seamos todos espíritus inconformistas, buscadores, que nos animemos a más puntos que tengamos siempre hambre de Dios.


LECTURAS RECOMENDADAS

  • Documento de Aparecida, CELAM. nn. 158, 176, 251 y 130

  • “La Eucaristía en la vida y la misión de la Iglesia”, José María Cantó, sj. ITEPAL

 
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