Comienza la Semana Santa en Río Gallegos
- 29 mar
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Actualizado: hace 9 horas
2026-03-29 | Misa del Domingo de Ramos en el Gimnasio del Colegio Salesiano, celebración interparroquial, presidida por el Obispo, concelebrada con los sacerdotes de la ciudad | Homilía de Mons. Ignacio Medina.

Lecturas: Isaías 50, 4-7 | Salmo 21
Filipenses 2, 6-11 | Mateo 26, 3-66
Buenas tardes a todos.
Queridos hermanos y hermanas, hoy cruzamos el umbral de la Semana Santa. Comenzamos esta liturgia con palmas, con cantos, pero casi sin darnos cuenta, el tono cambia drásticamente y nos encontramos al pie de la cruz. Esta no es una contradicción; el misterio más profundo del amor de Dios se nos revela hasta dónde es capaz de llegar por nosotros.
El profeta Isaías nos presenta la figura del siervo sufriente, alguien que ha recibido una lengua de discípulo para saber decir una palabra de aliento al cansado. Jesús es ese siervo. Reconoce nuestras fatigas, nuestras luchas diarias y el peso de nuestras incertidumbres. Isaías también nos dice que este siervo no ocultó el rostro a los insultos. En nuestra propia vida, amar de verdad muchas veces implica soportar el cansancio en el silencio. Quienes son padres saben bien lo que significa entregar el rostro; muchas veces es ceder a nuestros propios planes y ofrecer una palabra de aliento constante para acompañar a aquellos que nos han sido entregados.
San Pablo, en su carta a los filipenses, nos da la clave para poder entender que Jesús acepta ese sufrimiento. Él, siendo Dios, no hizo alarde de su categoría, sino que se vació de sí mismo. Pensemos en la inmensidad de esa frase: Dios no se quedó en un trono lejano dictando sentencias; bajó a nuestra realidad, a nuestro barro, a nuestras angustias familiares y personales. Tomó la condición de esclavo y se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Este es el amor que no retiene nada para sí, el amor que lo entrega todo por el bien del otro.
El relato de la Pasión según San Mateo nos confronta con la crudeza del corazón humano: el complot a escondidas, la traición de Judas por unas monedas, el abandono de los amigos y la condena injusta. Sin embargo, en medio de esas oscuridades que se ciernen sobre él, Jesús hace el gesto más luminoso de la historia. En la cena, sabiendo que la traición se avecinaba, tomó el pan y dijo: «Tomen y coman, esto es mi cuerpo». No responde a la violencia con venganza, sino haciendo de sí mismo se hace alimento para todos, se hace alimento eterno. Es la delicadeza extrema de Dios frente a la muerte inminente: nos deja el sacramento de la vida y la compañía permanente.
Al entrar en esta Semana Santa, en estos días, la invitación no es a ser meros espectadores de una historia antigua, sino a caminar junto a él con el corazón abierto. Llevemos a la cruz nuestros propios dolores, nuestros miedos, las preocupaciones por nuestras familias, y él las comprende desde adentro. Miremos dónde nos aferramos, quizás a nuestro orgullo, a nuestras comodidades, y pidamos la gracia de imitar su humildad y su entrega hacia los que nos rodean. Dejemos que su sacrificio nos renueve en la esperanza. El relato de hoy nos deja frente a la cruz, pero nosotros caminamos sabiendo que el amor siempre tiene la última palabra.
Esta Semana Santa ha de ser un tiempo de gracia y de encuentro profundo con aquel que nos amó hasta el extremo. Que así sea. Amén.






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