Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo en Río Gallegos
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Actualizado: hace 5 horas
2026-06-06 | Homilía de Mons. Ignacio Medina en la Celebración Eucarística de la Comunidades de la ciudad en el Colegio Domingo Savio.

Lecturas: Deuteronomio 8, 2-16 | Salmo 147
1Corintios 10, 16-17 | Juan 6, 51-58
Queridos hermanos, ¡qué bueno que hoy podamos estar reunidos en este Colegio! Al cual le damos las gracias, porque nos da la oportunidad de poder hacerlo de esta manera. Especialmente saludamos a los chiquitos de catequesis, a los niños que están preparándose para su primera comunión. A ustedes les damos especialmente la bienvenida.
Si tuviéramos que resumir la fiesta que hoy estamos celebrando en una sola palabra, esa palabra sería cercanía. Hoy celebramos Corpus Christi, el día en que la Iglesia sale a la calle a gritarle al mundo que Dios no es un espectador lejano que nos mira desde el cielo. Dios se hizo tan cercano, tan pequeño, tan humilde, que decidió quedarse en un pedacito de pan y en un poco de vino para poder habitar dentro de cada uno de nosotros.
Las lecturas de este Domingo tocan quizás las fibras más humanas de nuestra existencia: nuestra debilidad, nuestra necesidad de los demás, nuestra sed de eternidad. Dios conoce nuestro desierto y nuestro cansancio.
La primera lectura nos lleva al desierto con el pueblo de Israel. El desierto no es sólo un lugar geográfico; el desierto es una experiencia de vida. Todos nosotros sabemos lo que es pasar por un desierto. Es esa época de la vida donde escasea la salud, donde el presupuesto no alcanza, donde las relaciones familiares se vuelven áridas, o donde el cansancio y la rutina muchas veces van apagando el alma. En medio de esa sequedad, Moisés le dice al pueblo: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer. Te alimentó con el maná, el pan bajado del cielo». Dios no le evitó al pueblo el desierto, pero no los dejó solos en el desierto. No les mandó un banquete de reyes, les mandó el pan de cada día, lo justo para caminar cada jornada.
Esto nos dice algo vital: la Eucaristía no es el premio para los que ya llegaron a la meta o para los que se sienten perfectos. La Eucaristía es el auxilio para los que están cansados en el camino, para los que sienten que la fuerza no les da. Si hoy venís a Misa con el corazón cargado, con el alma en el desierto, este pan es para vos.
En la segunda lectura, San Pablo nos hace una pregunta que desarma cualquier intento de vivir la fe de manera egoísta: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo». A veces corremos el peligro de vivir una fe de individualismo piadoso, donde vengo a Misa, cierro los ojos, comulgo y me olvido del que tengo sentado al lado. Pero San Pablo nos recuerda que la comunión con Cristo es inseparable de la comunión con los hermanos. Al comer del mismo pan, quedamos unidos los unos a los otros. Esto nos compromete; no podemos salir del templo y seguir divididos en la comunidad, o indiferentes ante el vecino que la está pasando mal. En este día, mientras nosotros estamos celebrando esta Misa, muchos hermanos nuestros de Cáritas, servidores de Cáritas, están haciendo la colecta para los que menos tienen, para ayudar a los que menos tienen.
La Eucaristía cura nuestras fracturas comunitarias. Nos enseña a mirar al otro no como un extraño o un rival, sino como un miembro de mi propio cuerpo. Comulgar es decir: «Señor, me comprometo a cuidar de mis hermanos como vos cuidás de mí».
Finalmente, el Evangelio habla del Señor Jesús con una fuerza arrolladora: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Ese verbo, habitar... no dice "nos visita de paso", dice que hace su casa en cada uno de nosotros. Ir a comulgar es prestarle nuestro cuerpo a Jesús para que él siga caminando por el barrio, por el hospital, por la oficina, por la casa, por las escuelas. Es prestarle nuestras manos para que consuelen, nuestros ojos para que miren con compasión y nuestra boca para que hable palabras de paz y esperanza en un mundo que muchas veces está lleno de crispación y violencia.
El Papa Francisco nos repitió muy seguido que la Eucaristía no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.
Queridos hermanos, dejémonos abrazar hoy por la ternura de Dios. Que cuando nos acerquemos al altar a recibir el cuerpo de Cristo, vayamos también nosotros con el corazón abierto, con nuestras alegrías pero también con nuestras pobrezas; y que, alimentados por El, volvamos a nuestras casas transformados en pan partido para los demás, llevando alivio, paciencia y amor donde más haga falta.
Que la Virgen María, que llevó en su seno al pan de vida, nos enseñe a recibirlo con un corazón agradecido y misionero. Que así sea. Amén.






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